Helena Almeida

 

Me gusta la obra de Helena Almeida, fotografías pintadas con grandes trazos blancos, azules, rojos, negros.

En éstas no hay pintura. Son fotografías en b/n, como de costumbre, de unos pies sobre un suelo mojado. Al principio, creo que es una acera, pero no, es un interior. Es ella jugando. La exposición se llama Bañada en lágrimas y la vi en la Galería Helga de Alvear (Madrid) en octubre de 2010.

Me encanta su cuerpo de señora mayor, los mocasines de monja, la falda y el jersey negros. Me gusta que siga interesándose a sí misma y que el vehículo de su arte arte no sea un cuerpo joven y atractivo.

A veces, retratar la juventud en el arte me parece hacer trampa, hay tanta juventud en la publicidad, tanta ausencia de otros cuerpos y otras caras, que me decepciono al ver, otra vez, fotografías o pinturas de jóvenes bellos y distantes. La publicidad ya la veo en la tele, y aunque suene retrógrado, cada vez me interesa menos.

Me conmueve la búsqueda y afirmación de sí misma, por su honestidad y falta de narcisismo. Me interesa la rebeldía contra la pintura de sus comienzos, que le lleva no sólo a oponerse a ella sino a ultrapasarla, a desbordarla y apropiarse de ella. (Como decía el comisario Gerardo Mosquera refiriéndose al español y al colonialismo, “la lengua es vuestra, pero la canción es mía”. Para mí, es como salir del armario.

Su obra es un camino de ida y vuelta porque, finalmente, su deseo inicial se desvanece. Como ella misma dice, ya no existen las viejas cuitas, han perdido relevancia. Lo queda una metodología de trabajo, un lenguaje propio, una forma de utilizar su cuerpo y la fotografía como forma de expresión.

Sus primeras piezas aluden claramente a la pintura, como las series Estudio para un enriquecimiento interior, 1976-77, o Pintura habitada, 1974 y 1975: ella cubriéndose de planos de pintura azul o metíendose trazos de color en el bolsillo. Pero con el tiempo el tema de la pintura per se desaparece para incorporar una narración más compleja, lúdica y en parte literaria, que recuerda a Becket, a Perec, a Cortazar (y también a Pina Bausch): Salida de azul, Dentro de mí (ambas de 1995), Yo estoy aquí (2005), The Conversation (2007).

Dice: “Lo que a mí me interesa es siempre la misma cosa: el espacio. La casa, el tejado, la esquina, el suelo: el espacio físico de la tela. Pero sobre lo que quiero trabajar es sobre las emociones. Las emociones constituyen diferentes formas de contar una historia”.

(Un detalle interesante: la vuelta a la pintura “heroica” de la década de los ochenta, con Enzo Cucchi, David Salle y Julian Schnabel, le hizo sentir muy descolgada y sola. Me resulta curioso que, en efecto, hubiera una vuelta a la pintura tan consciente de sí misma entonces y que hoy me parece tan ingenua e impostada. Que conste que no hablo de las obras sino del movimiento de retorno: del deseo de recrear en el presente un momento a partir de la nostalgia y la fantasía.)

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