Por la congruencia

La sexta edición de Manifesta, programada para septiembre de 2006, nunca llegó a inaugurarse. Se canceló por motivos políticos, pero sí se publicó una pequeña compilación de textos sobre el proyecto, entre ellos, el de uno de sus comisarios, Mai Abu ElDahab, que he decidido traducir aquí*.

Puede que en ocasiones el ensayo sea arrogante y su tono agresivo y aleccionador, pero tiene momentos brillantes, además de lucidez y frescura. Su importancia reside, primero, en su confianza absoluta en el poder transformador del arte y la cultura, de ahí que haga un llamamiento al compromiso ético de los productores culturales, instituciones incluidas; segundo, en la crudeza con que describe las deficiencias del ubicuo (y mal llamado) “arte social” o “político” actual; y finalmente, en que expone muy claramente la discrepancia entre los valores que parecen promover las instituciones a través de su programación y los que dominan sus intereses, funcionamiento y política interna. Hay más razones, como el derecho a experimentar y a fracasar, que parece crucial dentro de cualquier proyecto de arte contemporáneo, pero para eso ya está el texto.

Cómo caer con elegancia (o pegarse un tortazo)

Mai Abu ElDahab

La bienal de Manifesta no es única; otras poderosas instituciones comparten sus deficiencias en mayor o menor grado según sean sus estructuras y aspiraciones específicas. Aunque Manifesta posee sus propios matices y ambiciones, en los siguientes párrafos simplemente servirá como campo de pruebas para diseccionar el mundo del arte en sus diversas capas, con el fin de ilustrar la apremiante necesidad de una nueva conciencia sociopolítica dentro de la comunidad artística y tratar la extendida parálisis de la producción cultural en cuanto que fuerza sociopolítica. Como tal, acudir a la educación como núcleo de lo que se convertirá en la Escuela Manifesta 6 representa un intento de sacudir al paciente fuera del coma y despertar una conciencia que va más allá de la práctica artística individual.

En su acostumbrado ensimismamiento, la comunidad artística no deja a nadie del todo en paz, y así muchas veces se expande lo justo para instrumentalizar el mundo a su alrededor como si fuera atrezzo de su propia producción. Un claro ejemplo de esta fórmula es el creciente número de proyectos artísticos basados en una investigación social aparentemente bienintencionada. Los resultados de la investigación (u obras de arte) no suelen estár a la altura desde el punto de vista académico ni conferir un nuevo significado artístico a esos datos. Son formas de información popular, de datos especializados inaccesibles, o, tristemente, de sensacionalismo. Por contraste, un forma genuina de conocimiento e implicación constructiva requiere compromiso, erudición, confrontación y el abandono de la superficialidad de la corrección política.

La Escuela Manifesta 6 es un pretexto, una excusa y una oportunidad. Es un pretexto para cuestionar y posiblemente desafiar los métodos del mundo del arte institucionalizado. Es una excusa para reunir pensadores inspiradores y productores culturales que vigoricen la posición del arte y la producción cultural en su conjunto. Es una excelente oportunidad para un gran numero de propósitos críticos: examinar el papel de las instituciones artísticas como participantes en la elaboración de las políticas culturales; cuestionar el papel de los artistas definido por el clima institucional en el que trabajan y producen; revelar la posición de poder que legitima el elitismo dominante; observar los enredos de la cultura con las presiones y demandas de la globalización corporativa. Y, finalmente, preguntarnos qué tipo de educación necesitamos, como profesionales del arte, para jugar un papel efectivo en el mundo.

La realización de Manifesta 6 comienza con una serie de parámetros fijos: la bienal, el equipo, el lugar. Empecemos por examinar estos elementos dados antes de extrapolar la potencial profundidad de Manifesta 6.

La bienal

Manifesta es una bienal de arte europeo, aunque a menudo se quita importancia a su especificidad geográfica. Que esto sea aceptado de un modo general implica que el debate en torno a los diversos modos representación parece importar sólo cuando éstos no son occidentales. ¿No sería, simplemente, la otra cara de la moneda? La Bienal de Venecia, por ejemplo, es a menudo tachada de obsoleta por su énfasis en la representación nacional. Pero Manifesta, de igual modo, es un proyecto centrado en la nueva Europa unida y está financiada por numerosas agencias nacionales y transnacionales centradas en promover sus propios intereses. Estas agencias reflejan la política de sus estados estructuralmente, sean éstos conservadores, liberales, de derechas, de izquierdas o mediopensionistas. La ciudad anfitriona provee la mayor parte del capital del proyecto, esperando recibir a cambio rendimientos en forma de beneficios a corto y largo plazo. La realidad de estos rendimientos es bastante evidente: turismo, nueva infraestructura, promoción de la ciudad, salarios para administradores locales, etc.

La Bienal es como un parásito que aterriza sobre su huésped. Es una institución autoritaria disfrazada de entidad cívica con un mandato benigno. La deliberada ambigüedad de su posición la deja a merced de las doctrinas del corporativismo dictado por la diversidad de intereses que engloba: el mercado del arte, las agencias financiadoras, patrocinadores, políticas internacionales, gobiernos municipales…, etc. Y, así, como institución que se abstiene de definir una posición propia de acuerdo con sus ideas y su historia institucional, es vulnerable a las prescripciones de agentes externos cuyas contribuciones sirven para consolidar su naturaleza interesada. Un ejemplo de esta dinámica es la forma en que artistas del extremo más rico del espectro europeo están a menudo mucho más representados en las bienales debido a que sus agencias financiadoras locales poseen mayor poder. Este tipo de desequilibrio crea una falsa impresión de la vitalidad relativa de los diferentes contextos culturales. Más que la financiación, deberían ser los conceptos y las ideas los que preferiblemente determinaran el papel y las actividades de las instituciones civiles. Si tales instituciones tuvieran que defender su propia agenda, podrían sufrir económicamente pero aceptarían en menor grado ser explotados y serían menos vulnerables. Este género insípido y descafeinado es síntoma de la continua corporativización de la producción cultural.

El equipo

Para continuar con el tema de la transparencia, deberíamos empezar repasando la historia. La Fundación Internacional de Manifesta y su ciudad anfitriona, Nicosia, comenzaron a buscar un equipo de comisarios para la siguiente edición mediante una convocatoria relativamente abierta. Como dream-team de la corrección política llegamos al primer round: multi-confesional, germano-ruso / americano-árabe, o Norte, Sur y centro; o el estilo de Frankfurt, el glamour de Nueva York y la mística de El Cairo. Éxito del primer gancho comercial.

Para la siguiente fase de la selección, la propuesta sobre educación artística fue presentada por el equipo. Los pros se hicieron enseguida evidentes: una idea concreta que deja atrás la predecible, pseudo-política y reduccionista jerga Norte vs. Sur o centro-periferia. En cambio, el proyecto proponía una idea coherente y precisa, iniciar una entidad en apariencia neutral con motivos y propósitos altruistas y muy populares — la Escuela Manifesta 6. Críticas por parte de activistas anti-educación parecían más bien improbables. Casualmente, la palabra de moda en el mundo del arte era “educación”. (Sea coincidencia o copia es irrelevante, ya que la bienal cuenta con una difusión más amplia, un mayor presupuesto y una temprana nota de prensa que permiten proteger la propiedad del concepto). Segundo gancho comercial.

Así que se hizo la selección. Desafortunadamente, nadie puede demostrar una conspiración; nosotros, los comisarios, nos limitamos a ser obligadamente arteros con respecto a los requisitos de la industria. Sin embargo, sí somos culpables de vendernos complacientemente según determinadas cuotas geográficas para satisfacer las expectativas de instituciones que, irónicamente, prosperan (y se hacen con financiación) reivindicando una filosofía de apertura: de hecho, tal apertura va esencialmente en contra de las exigencias de la máquina de estandarización y no se tolera. La incongruencia del rostro neoliberal del mundo está ejemplificada por instituciones culturales aparentemente progresistas que propugnan la “apertura a todo” sin ninguna predilección ideológica. Sin embargo, si uno se posiciona con respecto a esta apertura, voila!, se ve repentinamente absorbido por ella y reafirmando sus valores consumistas intrínsecos. Vamos, lo mismo de siempre. Esta dinámica se alimenta de la aversión del sistema económico a cualquier cambio que pueda perturbar su producción en cadena, en este caso producción de ideas. En su cadena de montaje, la producción tiene que perpetuarse, legitimarse y replicarse a sí misma, o la estructura, inexorablemente, colapsa. Todo lo que es interesante pasa en los márgenes y nadie debe saber con exactitud dónde está eso.

Obviamente, hay una pregunta que surge una y otra vez: ¿puede uno declararse anti-institucional y no obstante trabajar para uno de los pilares del sistema? ¿No es un poco hipócrita? Y aquí, quizás, podemos intentar hacer hueco a la inocencia: “Sólo se puede cambiar el sistema desde dentro –participar y tener tu opinión y gradualmente lograr algún impacto”. O: “El sistema es todopoderoso y ubicuo, y no hay espacio para maniobrar”. Meras excusas para defender la posición propia dentro de la cadena de montaje. Una máscara de pereza o apatía, y, con mayor que menos frecuencia, de motivos egoístas que van acumulándose y paralizando los esfuerzos de la cultura, despojándola de su vocación de cuestionar, influir y cambiar.

Soy consciente de que estamos implicados, pero la verdadera cuestión es cómo proceder desde aquí.

El lugar

La capital dividida de Nicosia es el lugar elegido para este evento europeo: parte europea y parte no, parte cristiana y parte musulmana, parte rica y parte pobre. Un conflicto que es metafóricamente (o quizás en la práctica), un microcosmos de la brecha Oriente-Occidente alimentada desde los medios de comunicación de todo el mundo a todas horas. La elección de este lugar deja al forastero preguntándose si Chipre es una ventana a las falacias del eurocentrismo o la muralla donde termina Europa, ya que la inclusión turca en la Unión Europea es una cuestión que surge a diario. Lo que es más, el proyecto está formulado para tener un carácter bicomunal, un estrategia ingenua de resolución de problemas que ignora otros intentos igualmente artificiales y siempre insuficientes al minusvalorar repetidamente la complejidad de una realidad que viene de antiguo. Sean las que sean las suposiciones e implicaciones, la respuesta depende de cómo procedamos desde aquí.

Nicosia no es la capital del arte contemporáneo, lo cual no debe considerarse una desgracia que Manifesta deba remediar. Más que quitar significado a la bienal, esta realidad simplemente indica que Manifesta requiere un método y configuración propios si ha de significar algo para la población local con la que convivirá. Y aquí reside el aspecto más exigente del proyecto: ¿qué significados puede generar la bienal que resulten vitales, dinámicos e imprescindibles para Nicosia? La dificultad para lograr un equilibrio entre las necesidades de la bienal y las de la ciudad reside en la dicotomía entre el impulso inmediato de replicar modelos existentes y la habilidad de tener y generar confianza en el poder de la situación social y la ciudadanía para crear un marco de referencia válido

Con objeto de iniciar interacciones y relaciones significativas en Nicosia., Manifesta debería transmitir un clima dispuesto a generar un compromiso activo en congruencia con el momento y el lugar. Manifestar este deseo específico en la formación de una escuela es la única función que la bienal puede profesar como humilde invitado, y no como arrogante intruso en la isla. De otra forma, lo que quedará será paternalismo e ignorancia enmascarados para parecer inaccesible sofisticación. Afortunadamente, en la ya mencionada atmósfera general de indiferencia, Chipre cuenta con las ventajas de su situación, escala, provincialismo y – lamentablemente – una experiencia de primera mano de convivir con un conflicto. En estas circunstancias, un evento influyente y empoderador es posible.

La escuelaA pesar de los detalles, el hecho es que Manifesta se ha comprometido ahora a renunciar al glamour de la tradicional gran exposición y abrirse a la transformación: permitir que el proyecto plante nuevas semillas en vez de utilizar mercancía genérica envasada al vacío acorde con el sistema de sostenibilidad corporativa. Consecuentemente, para que esta bienal tenga alguna significación, necesitamos ser capaces, como comisarios, organizadores e instituciones, de dejar de censurarnos, de renunciar al decoro, de desechar nuestro elitismo y quizás incluso de rebajarnos.

Para tener éxito, este proyecto debe fracasar según los estándares de la industria expositiva. Debería proponer una nueva articulación de los modos de evaluación y no caer en la trampa de proponer innovaciones utilizando los mismos viejos criterios de valoración. Estos estándares obsoletos no sólo sofocan la creatividad sino que también endosan un paradigma corporativo a la producción cultural: ¿cuántos entradas vendidas? ¿Cuántas reseñas? ¿Cuántos invitados internacionales? Estas preguntas responden a medidas propias de una lógica muy superficial de “rentabilidad de la inversión”, y son herramientas comunes para promover la bienal entre las ciudades candidatas. Es la lógica y el lenguaje de los burócratas, comerciales y ejecutivos publicitarios, pero desde luego no de los productores culturales. La producción cultural tiene que mantener y defender su autonomía como un espacio donde la libertad para experimentar, de negociar posiciones ideológicas y de fracasar no sólo es algo aceptado, sino definitorio. La Escuela Manifesta 6 va sobre crear condiciones con modestia y un deseo de aceptar la posibilidad del fracaso. Esto no se refiere al fracaso relativista del modelo del laboratorio, sino a reconocer explícitamente que ciertas fórmulas no funcionan y deben desecharse para probar otras nuevas. Un ejemplo que viene al caso es el de las propuestas superficiales de intercambio cultural, que incesantemente orquestan situaciones paternalistas donde la pedagogía de sus monólogos ensordece al público. No sólo son sus discusiones redundantes, sus repercusiones resultan dañinas, ya que culturas y temas enteros son empaquetados con la etiqueta de intercambio para refrendar todo ese fútil ejercicio. Por ejemplo, los museos buscan oportunidades para recaudar fácilmente fondos públicos para cierto “tema de la temporada” y empaquetan un importante y complejo debate en una exposición para aumentar sus finanzas mediante un falsa muestra de compromiso. Estas exposiciones reducen cuestiones significativas a productos consumibles, y las despojan de su urgencia presentándolas como otra posibilidad más de exhibición. Hay que rechazar estos métodos irresponsables.La Escuela Manifesta 6 no deber reiterar referencias genéricas. Debería demostrar su inalterable empeño de conocer e indagar en las condiciones y realidades tal y como se viven, y no simplemente explotarlas como “contenido” para la producción. Este trascender la abstracción y dejar las convicciones desnudas no es un ejercicio indoloro, pero sí gratificante. Buscar una nueva dirección a través de diversas disciplinas, sean académicas o prácticas, junto con la meticulosidad, indulgencia y buena voluntad para admitir las limitaciones puede probar ser la actitud necesaria. Buscar nuevas preguntas exige medios heterodoxos y la exploración de lugares inesperados. “Aprender mientras se hace”, sea leer, caminar, filmar, conversar, pintar, etc., debe ser privilegiado sobre la reproducción o la pedagogía didáctica. La repetición y reinvestigación de teorías exhaustas, cuyas deficiencias se han expuesto una y otra vez, no sería más que una tediosa redundancia.Yendo más allá de el modus operandi de producción por encargo del mundo del arte actual, la Escuela puede hacer avanzar el site specificcomo ejercicio cerebral más que como delicioso artificio. Esto es posible si un intenso trabajo se combina con expectativas flexibles y ambos se convierten en la estrategia dominante. La estructura de la Escuela sería exigente e involucraría una sobreabundancia de información y análisis en profundidad. Una forma de educación dirigida a expandir la mente sólo es posible si permitimos que otros paradigmas confronten los nuestros, los desafíen e incluso invadan nuestra confinada y limitada jerarquía del conocimiento. Lo que es más, discursos alternativos necesitan imponerse sobre los dominantes, nuevas ideas ser adoptadas y expresadas en sus propios términos.Todas las instituciones representan una ideología, sea explícitamente o por defecto. La Escuela Manifesta 6 debería ser clara y desafiante sobre su posición como punto de encuentro de una comunidad de productores culturales proactiva y comprometida políticamente. La Escuela debería escapar del modelo que cosecha el talento artístico innato, en vez de permitirse el lujo de crear un entorno de erudición intelectual –siendo esta atmósfera no sólo una mera acumulación de esfuerzos individualistas, sino una función directa de la institución. Debería abogar por el desarrollo de ideas como un proceso continuo de investigación. Debería estimular la investigación como vía de descubrimiento y la producción de conocimiento en fiera oposición al diseño y exposición de productos. Este marco de referencia debería construirse y comunicarse cuidadosamente, dejando a los participantes la suficiente independencia para encontrar y formular su propia metodología, espacio y lenguaje dentro del mismo.

Este proyecto es una llamada a la politización de la producción artística, no al arte político. Puede que nos haga desempolvar nuestros Noam Chomsky, Arundhati Roy, Franz Fanon, Edward Said, Antonio Negri, Jacques Derrida, Slavoj Zizek, y escuchar, incluso actuar. Los políticos, las corporaciones y los profesionales son inquebrantables en sus motivos, propósitos y aspiraciones. La comunidad de productores culturales no. Pero de cara a las condiciones globales actuales, para que se produzca algo efectivo o significativo, deben articularse las posiciones de la esfera cultural, representando esa multitud una creencia en la validez de múltiples posiciones y visiones del mundo y rechazando el adoctrinamiento monológico.

La bipolaridad del mundo, tal y como es sancionada por los medios de comunicación, necesita una resistencia inmediata. Por un lado, el terrorismo horroroso manifestado bajo la forma de una confusa chica de 19 años, en Irak, en uniforme militar estadounidense; por otra, dogmáticos ideólogos a los que este terror inviste de poder para persuadir a una aterrada adolescente a atarse explosivos a su propio pecho. En medio de esta trágica realidad, el distante silencio de la industria cultural se convierte en una forma de colaboración. Los profesionales e instituciones del arte y la cultura deben convertirse, con su creatividad, inspiración e intelecto, en una tercera voz. No se trata de romanticismo del que se mofen los cínicos, sino una alternativa genuina: decantarnos indiscriminadamente por la compasión y elegir implicarnos.

Como Arundhati Roy expresa en estas profundas e indignadas palabras (The Ordinary Person’s Guide to Empire): “Nuestra estrategia no debe únicamente enfrentarse al imperio sino sitiarlo, privarlo de oxígeno. Avergonzarlo. Ridiculizarlo. Con nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura, nuestra tozudez, nuestra alegría, nuestra brillantez, nuestra clara implacabilidad—y nuestra habilidad para contar nuestras propias historias.

La Escuela Manifesta 6 es una oportunidad para caer con elegancia, y luego levantarse y tomar un nuevo camino. Quizás ésta es la educación que realmente necesitamos.


* Mai Abu ElDahab, Anton Vidokle y Florian Waldvoge (eds.).Notes for an art school. Amsterdam : International Foundation Manifesta; Nicosia : Manifesta 6, 2006.

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