El Estado Mental – Tenemos que hablar

En enero de 2011 se publicaba en España el primer número de El Estado Mental. Dirigido por Borja Casani, fundador de revistas como La Luna o Sur Express[1], esta “acción artística colectiva en forma de revista física” parecía surgir tanto del deseo como de la necesidad de poner en claro el estado de la sociedad y la cultura española, o en sus propias palabras “de hacer una revisión apacible del espíritu de la época”. Previa al 15-M y a libros como Indignaos y Reacciona, salía a la calle en un momento en que los españoles nos enterábamos, atónitos, de que la solución a la crisis era más de lo mismo.

Bajo el título Tenemos que hablar, sus casi 300 páginas (sin publicidad) abordan de manera concreta numerosos aspectos de la realidad actual en España: arte, política, economía, tecnología, redes sociales, literatura e incluso salud mental y relaciones amorosas. Y si bien el diagnóstico es en muchos casos lamentable (¿qué otra cosa podría esperarse?), el valor de la revista reside en hacer numerosas propuestas –igualmente concretas– para sacar al paciente del coma. Entre artículo y artículo se insertan intervenciones artísticas, como las fotografías de Zoé T. Vizcaino, la fotonovela “Ramona” o una historieta del genial Daniel Clowes, así como breves relatos entre la ficción y el ensayo: “280 euros”, de Fidel Moreno, o “Fingirnos perfectos”, de Julián Rodríguez, uno de los mejores.

El texto que abre este primer número, “El arte de esfumarse. Crisis e implosión de la cultura consensual en España”, de Amador Fernández-Savater, marca el tono al criticar abiertamente la cultura nacida de la Transición, el mito fundacional de la España posfranquista. Frente a la versión oficial, Fernández-Savater plantea las limitaciones de esta cultura esencialmente consensual (“no en el sentido de que llegue a acuerdos haciendo dialogar los desacuerdos, sino de que prescribe ya de entrada los límites de lo posible”), que ignora o niega aquello que le perturba y que siempre hace como si no pasara nada. La señal del cambio de los tiempos sería, para el autor, la primera expresión masiva al margen de los monopolios de sentido de la CT, fuera de sus consignas, sus métodos y su lenguaje: cuando la gente se echa a la calle tras los atentados del 11-M. Para Fernandez-Savater, ese gesto reveló “la necesidad sentida profunda y masivamente […] de espacios abiertos de comunicación e intercambio sin filtros políticos o mediáticos” y también la urgencia de actuar, de hacer algo, desde la propia vida.

La prolongación de ese 11-M, es decir, la recreación de lo común[2] a partir de “un nosotros abierto e incluyente”, sería la propuesta del autor, junto con abrazar la ambigüedad y la incertidumbre y dejar que el proceso marque el ritmo y desvele posibilidades, y no al revés.

El método, pues, sería la activación de lo que Antonio Negri y Michael Hardt denominan “multitud”: una pluralidad de grupos y personas que no forman un todo cohesionado, identificable o unificable, y que no está organizada jerárquicamente sino en redes horizontales[3]. La multitud aprovecha o rechaza las estructuras de poder (la verticalización, la jerarquización, la identificación), “se sale” de ellas para inventar otras nuevas. Si se pudiese reducir a una fórmula, la multitud sería, según Michael Hardt, singularidad + cooperación o autonomía + lo común[4].

Lo común es también tema del ensayo de Santiago López Petit, que nos insta a salirnos de las estructuras de poder, como sugiere Negri, desocupando la figura del ciudadano desde los espacios del anonimato y desentendiéndonos de “los límites impuestos por una responsabilidad impuesta” (“La economía está en crisis, ¡qué reviente!”). Vuelve a surgir, asimismo, a través de la rearticulación de lo colectivo en la entrevista al psiquiatra Guillermo Rendueles, que retrata una España psiquiatrizada, ególatra, narcisista, infantiloide y doliente. Como remedio, se menciona, entre otros, la recuperación de “vínculos serenos”, de formas de relación y lazos afectivos estables, familiares o amistosos, o de tradiciones o formas de reunión que sirvan para acercar a las personas ante el duelo y la adversidad. La psiquiatrización de la sociedad que describe Rendueles implica no sólo que amigos y familiares han sido sustituidos por psiquiatras y psicólogos, sino también que un alto porcentaje de españoles necesita estar medicado con ansiolíticos y antidepresivos para afrontar su vida cotidiana, y que el dolor psíquico en este país supera con mucho el físico (el fármaco más vendido es Orfidal, por encima de cualquier otro).

Junto a la articulación de lo común o la recuperación de lo colectivo, la segunda cuestión recurrente de este Estado Mental es la necesidad de humanizar la sociedad, de recuperar cierta ética en los comportamientos, de asumir valores distintos a los del mercado. La tercera, la creatividad como herramienta para construir una realidad alternativa a la obvia.

“En 26 preguntas al Arte”, profesionales del medio formulan la pregunta que consideran más pertinente hacerle en este momento. De ellas se desprende la preocupación por la gradual equivalencia entre arte y mercado (y yo añadiría la conversión del arte en mero objeto de lujo, y por tanto inerte, desactivado); también la inquietud por si el arte tiene alguna relevancia o efecto en la realidad, si conserva alguna capacidad para realizar preguntas incisivas y quizás ir más allá de su propio mundo.

Puede que la respuesta a estas reflexiones esté ya implícita en la misma existencia de la revista. La descripción del proyecto (que sugiere que al arte le incumbe todo), sus artículos e intervenciones artísticas dan fe de una opinión compartida: que el arte y la cultura, en efecto, tienen el poder (y la responsabilidad) de incidir sobre la realidad. Y esto se logra de formas distintas, valgan aquí dos ejemplos.

“La búsqueda de lo importante, sea lo que sea”, plantea el artista Manuel Saíz, “empieza por la negación de lo que, evidentemente, desde todos los puntos de vista, parece lo importante”. Es decir, desprenderse de aquello a todas luces inamovible e imprescindible para poder, al menos, comenzar a vislumbrar algo diferente. Julio Jara, por su parte, propone entender el arte como un regalo y un don, olvidarse de uno mismo y abrir los ojos: crear para otros y por iniciativa de otros, escuchar las propuestas ajenas, distanciarnos de nuestras identidades y acercarnos a lo que hay fuera (saludar a toda la gente que se cruce en nuestro camino durante un año, hacer un currículo de fracasos, sentarse al lado de un africano…).

En su conversación con Gérard Mortier, director artístico del Teatro Real, Manuel Borja-Villel afirma que el artista no es un trabajador social. Tiene razón. De hecho, los proyectos mal llamados “políticos”, en que el artista actúa como redentor, suelen ser banales y arrogantes, además de pobres desde un punto de vista artístico. Es cierto que el arte no puede actuar como lubricante que sustituya a las necesarias políticas sociales, pero también lo es que constituye un elemento de transformación, una herramienta de activación de individuos y comunidades; así lo demuestran proyectos como el Rapeadero de Lavapiés, en Madrid, o el proyecto vecinal Beeldenstorm[5], en Bruselas.

Otra cosa es la institución del arte. En este sentido se echa en falta en esta revista, tan brillante, un análisis más audaz de las deficiencias (también las éticas) del arte y de la cultura en España. Por ejemplo, la cada vez mayor discrepancia entre las ideas o principios que defienden publicaciones e instituciones artísticas y culturales y las que gobiernan el funcionamiento interno de la propia institución: frente a proyectos construidos a partir de la horizontalidad y la flexibilidad, estructuras jerárquicas, centralizadas y rígidas; frente a la defensa de la justicia y la crítica social, un sector con condiciones laborales cada vez más precarias y con menos futuro. Me temo que la radicalidad en arte hoy no pasa por desnudarse en la calle sino por ofrecer sueldos dignos. Lo propongo como proyecto artístico; también vetar toda programación o discurso que contradiga los principios que animan la política interna de la institución u organismo que lo promueva.

La pensadora francesa Judith Revel[6] afirmó en su día que la creatividad es la esencia de la biopolítica (la política de la potencia de la vida), y por tanto de la resistencia. Porque para Revel, siguiendo a Foucault, es el poder el que reacciona al controlar la libertad y no a la inversa, es decir, la resistencia la que reacciona ante el poder. La acción, la afirmación, la proposición y la invención son el terreno natural de la resistencia.

El Estado Mental tiene mucho de resistencia, me parece a mí. Bien escrita, sagaz, inspiradora y, de una manera extraña, muy práctica, con sus momentos de humor delirante y lúcido (no hay que perderse “Los Dosmiles”, de Galactus & Grace Morales), es mejor que una buena noticia.

El próximo número saldrá “cuando sea”, porque todos los implicados trabajan gratis y en sus ratos libres, lo cual marca los tiempos. Ojalá sea pronto.

El Estado Mental, 15 €. Se puede comprar en http://www.elestadomental.com/

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[1] El equipo de redacción de El Estado Mental está compuesto por Fidel Moreno (alias “El Hombre Delgado”, músico, escritor y otras muchas cosas más), Iker Seisdedos (periodista), Guillermo Paneque (artista), José Luis Gallego (naturalista, escritor, periodista) y Pedro Portellano (comisario de proyectos de artes visuales y música). El proyecto está financiado por sus participantes y nadie cobra por su intervención.

[2] Frente a la oposición entre individual-colectivo, particular-universal o privado-público, lo común surgiría como “construcción de un espacio (político, subjetivo, de vida) donde cada cual refuerce, por su propia diferencia, la fuerza de su comunidad con el otro. Lo común es una construcción radicalmente democrática de las subjetividades […]”. Judith Revel, “Sobre las resistencias, las subjetividades y lo común”. En: Multitud singular: el arte de resistir. Catálogo del ciclo de cine y vídeo comisariado por Berta Sichel y Perry Bard (14 de octubre-12 de diciembre de 2009). Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2009, p. 66.

[3] Michael Hardt, “Políticas y Multitud”. En: Toni Negri, Michael Hardt, Giussepe Cocco, Judith Revel et al., Imperio, multitud y sociedad abigarrada. La Paz: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y Muela del Diablo Editores, 2008, pp. 87-101.

[4] Ibíd., p. 96.

[5] Hace dieciséis años, el artista Nik Honinckx fundó la asociación Beeldenstorm en el barrio Kuregem de Bruselas, un lugar con una realidad bastante compleja: sólo el 45% de la población tiene nacionalidad belga y casi el 50% no tiene trabajo. La asociación intenta promover la convivencia en el barrio a través del arte de formas muy imaginativas. Para más información, ver Diálogos, núm. 4, marzo de 2006, pp. 11-12. http://www.uam.es/departamentos/filoyletras/antropologia…/dialogos_4.pdf (última consulta: septiembre de 2011).

[6] Judith Revel, op. cit.

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One Comment to “El Estado Mental – Tenemos que hablar”

  1. Reseña conjunta al número1 de la revista. Interesante panorámica.

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