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13 septiembre, 2011

El Estado Mental – Tenemos que hablar

En enero de 2011 se publicaba en España el primer número de El Estado Mental. Dirigido por Borja Casani, fundador de revistas como La Luna o Sur Express[1], esta “acción artística colectiva en forma de revista física” parecía surgir tanto del deseo como de la necesidad de poner en claro el estado de la sociedad y la cultura española, o en sus propias palabras “de hacer una revisión apacible del espíritu de la época”. Previa al 15-M y a libros como Indignaos y Reacciona, salía a la calle en un momento en que los españoles nos enterábamos, atónitos, de que la solución a la crisis era más de lo mismo.

Bajo el título Tenemos que hablar, sus casi 300 páginas (sin publicidad) abordan de manera concreta numerosos aspectos de la realidad actual en España: arte, política, economía, tecnología, redes sociales, literatura e incluso salud mental y relaciones amorosas. Y si bien el diagnóstico es en muchos casos lamentable (¿qué otra cosa podría esperarse?), el valor de la revista reside en hacer numerosas propuestas –igualmente concretas– para sacar al paciente del coma. Entre artículo y artículo se insertan intervenciones artísticas, como las fotografías de Zoé T. Vizcaino, la fotonovela “Ramona” o una historieta del genial Daniel Clowes, así como breves relatos entre la ficción y el ensayo: “280 euros”, de Fidel Moreno, o “Fingirnos perfectos”, de Julián Rodríguez, uno de los mejores.

El texto que abre este primer número, “El arte de esfumarse. Crisis e implosión de la cultura consensual en España”, de Amador Fernández-Savater, marca el tono al criticar abiertamente la cultura nacida de la Transición, el mito fundacional de la España posfranquista. Frente a la versión oficial, Fernández-Savater plantea las limitaciones de esta cultura esencialmente consensual (“no en el sentido de que llegue a acuerdos haciendo dialogar los desacuerdos, sino de que prescribe ya de entrada los límites de lo posible”), que ignora o niega aquello que le perturba y que siempre hace como si no pasara nada. La señal del cambio de los tiempos sería, para el autor, la primera expresión masiva al margen de los monopolios de sentido de la CT, fuera de sus consignas, sus métodos y su lenguaje: cuando la gente se echa a la calle tras los atentados del 11-M. Para Fernandez-Savater, ese gesto reveló “la necesidad sentida profunda y masivamente […] de espacios abiertos de comunicación e intercambio sin filtros políticos o mediáticos” y también la urgencia de actuar, de hacer algo, desde la propia vida.

La prolongación de ese 11-M, es decir, la recreación de lo común[2] a partir de “un nosotros abierto e incluyente”, sería la propuesta del autor, junto con abrazar la ambigüedad y la incertidumbre y dejar que el proceso marque el ritmo y desvele posibilidades, y no al revés.

El método, pues, sería la activación de lo que Antonio Negri y Michael Hardt denominan “multitud”: una pluralidad de grupos y personas que no forman un todo cohesionado, identificable o unificable, y que no está organizada jerárquicamente sino en redes horizontales[3]. La multitud aprovecha o rechaza las estructuras de poder (la verticalización, la jerarquización, la identificación), “se sale” de ellas para inventar otras nuevas. Si se pudiese reducir a una fórmula, la multitud sería, según Michael Hardt, singularidad + cooperación o autonomía + lo común[4].

Lo común es también tema del ensayo de Santiago López Petit, que nos insta a salirnos de las estructuras de poder, como sugiere Negri, desocupando la figura del ciudadano desde los espacios del anonimato y desentendiéndonos de “los límites impuestos por una responsabilidad impuesta” (“La economía está en crisis, ¡qué reviente!”). Vuelve a surgir, asimismo, a través de la rearticulación de lo colectivo en la entrevista al psiquiatra Guillermo Rendueles, que retrata una España psiquiatrizada, ególatra, narcisista, infantiloide y doliente. Como remedio, se menciona, entre otros, la recuperación de “vínculos serenos”, de formas de relación y lazos afectivos estables, familiares o amistosos, o de tradiciones o formas de reunión que sirvan para acercar a las personas ante el duelo y la adversidad. La psiquiatrización de la sociedad que describe Rendueles implica no sólo que amigos y familiares han sido sustituidos por psiquiatras y psicólogos, sino también que un alto porcentaje de españoles necesita estar medicado con ansiolíticos y antidepresivos para afrontar su vida cotidiana, y que el dolor psíquico en este país supera con mucho el físico (el fármaco más vendido es Orfidal, por encima de cualquier otro).

Junto a la articulación de lo común o la recuperación de lo colectivo, la segunda cuestión recurrente de este Estado Mental es la necesidad de humanizar la sociedad, de recuperar cierta ética en los comportamientos, de asumir valores distintos a los del mercado. La tercera, la creatividad como herramienta para construir una realidad alternativa a la obvia.

“En 26 preguntas al Arte”, profesionales del medio formulan la pregunta que consideran más pertinente hacerle en este momento. De ellas se desprende la preocupación por la gradual equivalencia entre arte y mercado (y yo añadiría la conversión del arte en mero objeto de lujo, y por tanto inerte, desactivado); también la inquietud por si el arte tiene alguna relevancia o efecto en la realidad, si conserva alguna capacidad para realizar preguntas incisivas y quizás ir más allá de su propio mundo.

Puede que la respuesta a estas reflexiones esté ya implícita en la misma existencia de la revista. La descripción del proyecto (que sugiere que al arte le incumbe todo), sus artículos e intervenciones artísticas dan fe de una opinión compartida: que el arte y la cultura, en efecto, tienen el poder (y la responsabilidad) de incidir sobre la realidad. Y esto se logra de formas distintas, valgan aquí dos ejemplos.

“La búsqueda de lo importante, sea lo que sea”, plantea el artista Manuel Saíz, “empieza por la negación de lo que, evidentemente, desde todos los puntos de vista, parece lo importante”. Es decir, desprenderse de aquello a todas luces inamovible e imprescindible para poder, al menos, comenzar a vislumbrar algo diferente. Julio Jara, por su parte, propone entender el arte como un regalo y un don, olvidarse de uno mismo y abrir los ojos: crear para otros y por iniciativa de otros, escuchar las propuestas ajenas, distanciarnos de nuestras identidades y acercarnos a lo que hay fuera (saludar a toda la gente que se cruce en nuestro camino durante un año, hacer un currículo de fracasos, sentarse al lado de un africano…).

En su conversación con Gérard Mortier, director artístico del Teatro Real, Manuel Borja-Villel afirma que el artista no es un trabajador social. Tiene razón. De hecho, los proyectos mal llamados “políticos”, en que el artista actúa como redentor, suelen ser banales y arrogantes, además de pobres desde un punto de vista artístico. Es cierto que el arte no puede actuar como lubricante que sustituya a las necesarias políticas sociales, pero también lo es que constituye un elemento de transformación, una herramienta de activación de individuos y comunidades; así lo demuestran proyectos como el Rapeadero de Lavapiés, en Madrid, o el proyecto vecinal Beeldenstorm[5], en Bruselas.

Otra cosa es la institución del arte. En este sentido se echa en falta en esta revista, tan brillante, un análisis más audaz de las deficiencias (también las éticas) del arte y de la cultura en España. Por ejemplo, la cada vez mayor discrepancia entre las ideas o principios que defienden publicaciones e instituciones artísticas y culturales y las que gobiernan el funcionamiento interno de la propia institución: frente a proyectos construidos a partir de la horizontalidad y la flexibilidad, estructuras jerárquicas, centralizadas y rígidas; frente a la defensa de la justicia y la crítica social, un sector con condiciones laborales cada vez más precarias y con menos futuro. Me temo que la radicalidad en arte hoy no pasa por desnudarse en la calle sino por ofrecer sueldos dignos. Lo propongo como proyecto artístico; también vetar toda programación o discurso que contradiga los principios que animan la política interna de la institución u organismo que lo promueva.

La pensadora francesa Judith Revel[6] afirmó en su día que la creatividad es la esencia de la biopolítica (la política de la potencia de la vida), y por tanto de la resistencia. Porque para Revel, siguiendo a Foucault, es el poder el que reacciona al controlar la libertad y no a la inversa, es decir, la resistencia la que reacciona ante el poder. La acción, la afirmación, la proposición y la invención son el terreno natural de la resistencia.

El Estado Mental tiene mucho de resistencia, me parece a mí. Bien escrita, sagaz, inspiradora y, de una manera extraña, muy práctica, con sus momentos de humor delirante y lúcido (no hay que perderse “Los Dosmiles”, de Galactus & Grace Morales), es mejor que una buena noticia.

El próximo número saldrá “cuando sea”, porque todos los implicados trabajan gratis y en sus ratos libres, lo cual marca los tiempos. Ojalá sea pronto.

El Estado Mental, 15 €. Se puede comprar en http://www.elestadomental.com/

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[1] El equipo de redacción de El Estado Mental está compuesto por Fidel Moreno (alias “El Hombre Delgado”, músico, escritor y otras muchas cosas más), Iker Seisdedos (periodista), Guillermo Paneque (artista), José Luis Gallego (naturalista, escritor, periodista) y Pedro Portellano (comisario de proyectos de artes visuales y música). El proyecto está financiado por sus participantes y nadie cobra por su intervención.

[2] Frente a la oposición entre individual-colectivo, particular-universal o privado-público, lo común surgiría como “construcción de un espacio (político, subjetivo, de vida) donde cada cual refuerce, por su propia diferencia, la fuerza de su comunidad con el otro. Lo común es una construcción radicalmente democrática de las subjetividades […]”. Judith Revel, “Sobre las resistencias, las subjetividades y lo común”. En: Multitud singular: el arte de resistir. Catálogo del ciclo de cine y vídeo comisariado por Berta Sichel y Perry Bard (14 de octubre-12 de diciembre de 2009). Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2009, p. 66.

[3] Michael Hardt, “Políticas y Multitud”. En: Toni Negri, Michael Hardt, Giussepe Cocco, Judith Revel et al., Imperio, multitud y sociedad abigarrada. La Paz: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y Muela del Diablo Editores, 2008, pp. 87-101.

[4] Ibíd., p. 96.

[5] Hace dieciséis años, el artista Nik Honinckx fundó la asociación Beeldenstorm en el barrio Kuregem de Bruselas, un lugar con una realidad bastante compleja: sólo el 45% de la población tiene nacionalidad belga y casi el 50% no tiene trabajo. La asociación intenta promover la convivencia en el barrio a través del arte de formas muy imaginativas. Para más información, ver Diálogos, núm. 4, marzo de 2006, pp. 11-12. http://www.uam.es/departamentos/filoyletras/antropologia…/dialogos_4.pdf (última consulta: septiembre de 2011).

[6] Judith Revel, op. cit.

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4 septiembre, 2011

Helena Almeida

 

Me gusta la obra de Helena Almeida, fotografías pintadas con grandes trazos blancos, azules, rojos, negros.

En éstas no hay pintura. Son fotografías en b/n, como de costumbre, de unos pies sobre un suelo mojado. Al principio, creo que es una acera, pero no, es un interior. Es ella jugando. La exposición se llama Bañada en lágrimas y la vi en la Galería Helga de Alvear (Madrid) en octubre de 2010.

Me encanta su cuerpo de señora mayor, los mocasines de monja, la falda y el jersey negros. Me gusta que siga interesándose a sí misma y que el vehículo de su arte arte no sea un cuerpo joven y atractivo.

A veces, retratar la juventud en el arte me parece hacer trampa, hay tanta juventud en la publicidad, tanta ausencia de otros cuerpos y otras caras, que me decepciono al ver, otra vez, fotografías o pinturas de jóvenes bellos y distantes. La publicidad ya la veo en la tele, y aunque suene retrógrado, cada vez me interesa menos.

Me conmueve la búsqueda y afirmación de sí misma, por su honestidad y falta de narcisismo. Me interesa la rebeldía contra la pintura de sus comienzos, que le lleva no sólo a oponerse a ella sino a ultrapasarla, a desbordarla y apropiarse de ella. (Como decía el comisario Gerardo Mosquera refiriéndose al español y al colonialismo, “la lengua es vuestra, pero la canción es mía”. Para mí, es como salir del armario.

Su obra es un camino de ida y vuelta porque, finalmente, su deseo inicial se desvanece. Como ella misma dice, ya no existen las viejas cuitas, han perdido relevancia. Lo queda una metodología de trabajo, un lenguaje propio, una forma de utilizar su cuerpo y la fotografía como forma de expresión.

Sus primeras piezas aluden claramente a la pintura, como las series Estudio para un enriquecimiento interior, 1976-77, o Pintura habitada, 1974 y 1975: ella cubriéndose de planos de pintura azul o metíendose trazos de color en el bolsillo. Pero con el tiempo el tema de la pintura per se desaparece para incorporar una narración más compleja, lúdica y en parte literaria, que recuerda a Becket, a Perec, a Cortazar (y también a Pina Bausch): Salida de azul, Dentro de mí (ambas de 1995), Yo estoy aquí (2005), The Conversation (2007).

Dice: “Lo que a mí me interesa es siempre la misma cosa: el espacio. La casa, el tejado, la esquina, el suelo: el espacio físico de la tela. Pero sobre lo que quiero trabajar es sobre las emociones. Las emociones constituyen diferentes formas de contar una historia”.

(Un detalle interesante: la vuelta a la pintura “heroica” de la década de los ochenta, con Enzo Cucchi, David Salle y Julian Schnabel, le hizo sentir muy descolgada y sola. Me resulta curioso que, en efecto, hubiera una vuelta a la pintura tan consciente de sí misma entonces y que hoy me parece tan ingenua e impostada. Que conste que no hablo de las obras sino del movimiento de retorno: del deseo de recrear en el presente un momento a partir de la nostalgia y la fantasía.)

4 septiembre, 2011

Viajes con Isabella

En 1883 Isabella Stewart Gardner (1840-1925) viajó a China con su marido. Estuvo en Macao, Shanghai y Beijing e ilustró su periplo en un álbum de imágenes realizadas por fotógrafos locales. Anteriormente ya había viajado a otros lugares sorprendentemente remotos: en 1867 visitó San Petesburgo y Noruega, y a la estancia en China le siguieron Vietnam, Cambodia, Indonesia, India, Egipto y Palestina.

Isabella Stewart Gardner fue una de las primeras coleccionistas de arte estadounidense. Tras años asesorada por Bernard Berenson, en 1903 construyó una casa-museo para albergar su colección. El edificio es teatral y a ratos delirante: entre lo veneciano, hispano-árabe y medieval, introduce con efectismo elementos antiguos dentro de la fábrica moderna (capiteles, mosaicos, vidrieras…), y uno parece siempre estar dentro de una fantasía u otra.

El museo (www.stwartgardnermuseum.org) puede verse en la web, aunque en realidad es mucho más cutre que en las fotografías; no vano su fundadora prohibió que se modificara el más mínimo detalle de la colección y del museo. Por eso, ahora las luces resultan demasiado tenues y en parte deprimentes y las salas tienen un aspecto triste y deslucido (no sin encanto)[1]

En 2007 Luisa Rabbia (www.luisarabbia.com) pasó un mes como artista residente en el museo. El resultado es Travels with Isabella. Travel Scrapbooks 1883-2008 [Viajes con Isabella. Álbum de viaje, 1883-2008], un vídeo precioso basado en el álbum del viaje por China de 1883. Como el propio museo, la pieza es un pastiche: fragmentos inconexos que, juntos, consiguen formar un todo verosímil.

Acompañado de una música sencilla e hipnótica, el vídeo de Luisa Rabbia funciona como un antiguo panorama, un telón que se desplaza lentamente de izquierda a derecha mostrándonos diferentes escenarios. Las postales chinas se deslizan ante nuestros ojos y se animan por momentos con nuevos personajes: fotografías, vídeos y dibujos pintados en bolígrafo azul. Son obras anteriores de Rabbia, que ella inserta en esta nueva versión del viaje a China de Isabella, conjugando las biografías de ambas en una única imagen. También aparecen objetos del propio museo que adquieren proporciones gigantes: un abanico se despliega, saludando, desde la torre de Yufeng, en Beijin; una avestruz de metal pone un huevo; y una lata de té se convierte en un edificio más.

Sin duda, parte de la fascinación de Travels with Isabellaprocede de lo extraordinario de las fotografías que le sirven de punto de partida. En su mayoría son imágenes de edificios monumentales, pero hay otras de escenas típicas y extrañas. Hay imágenes de esferas labradas con dragones, instrumentos astronómicos del Observatorio Astronómico de Beijing que visitó Isabella Stewart Gardner; de prisioneros con gorros “de chino” atrapados por cepos; de hombres y mujeres en palanquín…, todas ellas un calco de lo que soñábamos de niños era la “antigua China”[2].

La animación parece muy simple, “puro Méliès”, con recortes que se superponen a la imagen principal y se mueven torpemente. Es un auténtico collage de corta y pega que recuerda a las animaciones de Terry Gilliam. En la película de Rabbia el agua invade salones y callejuelas; sobre la Gran Muralla llueve a raudales, el cielo se ilumina intermitentemente y gira sobre sí mismo, e inmensas raíces se mueven en todas direcciones enlazando unos motivos con otros.

No he conseguido ver el vídeo entero, pero existe una página web sobre la pieza diseñada por Isabel Meirelles, que es quizás la mejor forma de verla. La página es excepcional no sólo por su belleza, sino también por presentar y condensar de una manera muy simple información de diversa naturaleza.


[1] En 1990 13 piezas del museo fueron robadas (entre ellos cinco dibujos de Degas y pinturas de Rembrandt, Vermeer y Manet): debido a las instrucciones del legado de Isabella, a día de hoy, su lugar en las paredes del museo permanece vacío. Last Seen, de Sophie Calle, recrea las piezas robadas a partir del recuerdo de los empleados del museo.

[2] Algunas de las imágenes son del álbum de Thomas Child Views of Peking and Its Vicinities (1875-1880). Es interesante saber que Child también componía falsas fotografías combinando varias imágenes en una. Ver Regine Thiriez, Barbarian Lens: Western Photographers of Owlalogn Emperor’s European Palaces. Overseas Publishers, 1998. También, http://maximumcities.net/Photoweb/entries.html